La leyenda del vengador

El sábado 30 de septiembre de 2006 el diario Clarín publicó una nota de la filósofa Esther Díaz, la cual introduce una importante discusión a propósito de la temática de la telenovela Montecristo.

La leyenda del vengador

¿Puede la venganza conducir a la justicia? Aquí, una reflexión desde la filosofía sobre “Montecristo”, la telenovela basada en el libro de Alejandro Dumas, que se atrevió por primera vez con los horrores de la última dictadura argentina. Éxito televisivo y fenómeno social, que se discute tanto en bares como en dependencias gubernamentales.



ESTHER DIAZ

¿Cuál es la frontera que separa la venganza de la justicia?
La venganza es la reacción ante un agravio, responde a un impulso irracional que escapa al imperio de la ley. La justicia en cambio es una reparación social asumida por organismos legítimos. Se cumple con la justicia sólo cuando se restaura un orden originario, cuando se corrige y se castiga la desmesura desde normas objetivas. La venganza, por el contrario, es subjetiva y aspira a la revancha desde lo no reglamentado. ¿Por qué entonces, a pesar de la validez de la justicia y lo incorrecto de la venganza, solemos identificarnos con personajes de ficción que —ante la dificultad o imposibilidad de encontrar justicia— apelan a la venganza?

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Una respuesta a La leyenda del vengador

  1. Gabriela Z. Salomone dice:

    El artículo de Esther Díaz introduce una importante reflexión en torno a la diferencia entre justicia y venganza: “Abogamos por la justicia, ya que ella es ejercida por mecanismos democráticos legítimos. La vida en sociedad es posible justamente porque los individuos delegamos en el Estado la responsabilidad de la reparación. Por otra parte, si cada persona intentara hacer “justicia” por mano propia nos arrojaríamos al caos y la arbitrariedad.”

    Mientras la “justicia” por mano propia se ajusta a la lógica de la venganza, la Justicia (a secas) se configura en función de una lógica que transciende la pura rivalidad imaginaria, pacificándola.

    Sin embargo, también es comprobable que la práctica efectiva de administración de Justicia, en tanto tercero que intercede en la relación con el semejante, da lugar a las más oscuras fantasías de venganza. Suponerle al agresor un destino justiciero de sufrimiento, equiparable al que infligió, conlleva una satisfacción que nos conduce nuevamente al terreno de la venganza.

    El punto a hacer notar es que la “reparación” adjudicable a la Justicia es imposible. Lógicamente imposible. El daño que el crimen produce no puede ser compensado. No hay equivalencia, no hay medida común para el sufrimiento, ni de las víctimas, ni de víctimas y victimarios. Se trata de otro orden, distinto al orden de los bienes que el Derecho regula.

    La ilusión de que la Justicia establecerá una equivalencia al propio sufrimiento, fortalece a su vez la idea de que el sufrimiento, dirimido en el terreno de los bienes, podría ser suprimido, eliminado, en tanto reparado, compensado.

    La pretensión de que la Justicia sostenga esa equivalencia, degrada a la propia Justicia a la lógica de la venganza. Al mismo tiempo, en esa pretensión de equivalencia el sujeto fortalece el desconocimiento de los verdaderos resortes de su dolor.

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